El espacio de la quietud (Anselm Grün)


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Texto extraído del libro El espacio interior, de Anselm Grün (2003)

Entro en contacto a menudo con personas que sufren porque su vida está determinada por otros. No pueden desarrollar confianza en sí mismas, porque los demás se la sustraen. Son criticadas constantemente por los compañeros de trabajo o por el jefe, y están bajo la influencia de un vecino maniático o de una tía insatisfecha. A quien me pide consejo trato de mostrarle el espacio de la quietud que está ya en él. Y le animo a imaginar que allí ninguna fuerza tiene poder sobre él. Lo que el vecino piensa de él no puede entrar en ese lugar. Lo que los demás dicen de él, sus críticas, su rechazo, sus pretensiones, sus expectativas… todo ello no tiene ningún acceso a ese lugar. En la esfera emocional soy sensible a las críticas de los demás y me siento afectado por ellas. Pero detrás de esa esfera se encuentra este espacio de quietud, donde aquéllas no pueden entrar. Si pienso en ese espacio, experimento una sensación de libertad. En ese lugar de quietud puedo respirar a pleno pulmón; en él no estoy determinado por los demás, ni tampoco por mis expectativas, ni por los plazos de tiempo que me impongo.

En una ocasión impartí un curso para consejeros matrimoniales sobre espiritualidad y counselling. En él traté de transmitir a los psicólogos que la espiritualidad en el counselling no significa pronunciar palabras piadosas, sino introducir a las personas en su verdadera esencia, en su dignidad inviolable, en el espacio de la quietud. Algunos consejeros habían declarado que, con frecuencia, es imposible ayudar de manera eficaz a una pareja bloqueada, aunque se usen los mejores métodos de comunicación. Una esposa puede sentirse tan herida, que ni siquiera es posible dialogar con ella. O un esposo puede sentirse tan radicalmente rechazado, que se siente incapaz de decir una palabra a su compañera. Entonces puede ser útil conducir al cónyuge a este espacio interior, un lugar invulnerable y sano, donde el otro no tiene acceso, donde las heridas y el rechazo no pueden entrar, donde cada uno descubre su dignidad intangible. Ya la idea misma de este lugar interior puede transmitir, en medio del rechazo más completo y la herida más profunda, una nueva autoestima, una dignidad que nadie puede arrebatar.

 

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Una vez vino a verme una mujer que se sentía continuamente atormentada por su jefa. Durante la cena con su marido solamente era capaz de hablar de la jefa insoportable, que convertía su vida en un infierno. Le dije: «Yo no daría a mi jefa el honor de permitirle que me amargue la cena. No permitas que entre en tu casa, porque no es tan importante». En vez de dejarnos corroer por la ira o de explotar por su causa, deberíamos servirnos de ella para alejarnos de quienes acaparan nuestra atención permanentemente, para expulsarlos fuera de nosotros. Algunos piensan que esto no sería cristiano, que lo cristiano es el perdón. Pero el perdón viene siempre después de la ira y no antes de ella. Si quien me ha herido permanece aún en mi corazón, el perdón no es más que masoquismo, pues lo único que hago de este modo es herirme. Sólo cuando me he distanciado de quien me ha herido, cuando lo he alejado de mí, puedo perdonar verdaderamente, sabiendo que quien me ha ofendido no es más que un niño herido.

Alejar al otro de mí es solamente el primer paso para percibir en mí el espacio de la quietud: de este modo es posible defender este lugar interior frente a todos aquellos que quieren entrar en él por la fuerza. Pero la defensa por sí sola no basta: en la meditación tengo que despedirme interiormente de todo aquello que me preocupa excesivamente, de las personas que acaparan mi atención, de mis pensamientos y proyectos. Debo hacer completo silencio y escuchar atentamente en mi interior e imaginar que hay en mí un misterio que me supera. Si escucho dentro de mí, no sólo encuentro mi historia personal y mis problemas, sino que descubro, por debajo de este nivel, un espacio de quietud, un lugar donde Dios, que es el misterio, habita en mí. Y allí donde Dios, el misterio, habita en mí puedo estar realmente en casa. Allí intuyo una profunda paz en mí. Allí sé que, por debajo del ruido cotidiano y de la confusión interior, hay un espacio de quietud. Para Evagrio Póntico, el monje y escritor más importante del siglo IV, este lugar de Dios está representado en la imagen de Jerusalén. Jerusalén quiere decir «visión de la paz». Así, en este espacio de la quietud llegamos a la «visión de paz, en la que uno ve en su interior aquella paz que es más sublime que cualquier comprensión y que protege nuestros corazones» (Evagrio Póntico).

Si me abandono al lugar de la quietud en mí, entonces crece la sensación de libertad y de confianza. No se trata de una confianza en nosotros mismos exhibida hacia el exterior, sino de una confianza que brota de la libertad interior. No lucho contra los demás, sino que disfruto de la libertad. Hay un espacio en mí sobre el cual nadie tiene poder. Es el espacio donde Dios habita en mí. Allí entro en contacto con mi verdadero yo. Allí soy por entero yo mismo. Allí mi yo está protegido. Allí crece mi autoestima y soy cada vez más yo mismo.

Estoy sentado en mi habitación sin orar, sin meditar, sin leer la Biblia, sin reflexionar. Sencillamente estoy sentado en la presencia de Dios y observo qué pensamientos llaman a la puerta de mi casa. A cada pensamiento le pregunto: «¿Eres mío o pretendes ocupar mi casa y arrebatarme el derecho que tengo sobre ella? ¿Qué desearías decirme? ¿Qué anhelo hay en ti?». Cuando me hago estas preguntas, percibo que los pensamientos y las emociones que surgen en mí tienen algo que decirme. Tal vez a algunos de ellos tendré que impedirles el paso, porque si dejo que entren, ocuparán cada vez más espacio y me echarán de mi casa. Pero si hablo con ellos, me revelan el anhelo que está detrás de la vestidura a menudo sombría y amenazadora. Y el anhelo me pertenece. Me conduce a lo más hondo de mi alma, al fundamento donde puedo percibir una profunda paz interior. Esta forma de oración me confronta con mi propia verdad y me hace posible un auténtico conocimiento de mí mismo. Para Evagrio, el autoconocimiento es una importante condición previa para un verdadero encuentro. «Si quieres conocer a Dios, aprende primero a conocerte a ti mismo», aconseja a sus monjes. Sin autoconocimiento corremos el peligro de confundir nuestras ideas de Dios con Dios mismo.

Resultado de imagen para prayEs importante poseer no sólo formas sólidas de meditación sino también un espacio donde estemos sentados ante Dios sin protección alguna. El ejercicio del portero es un lugar con estas características, donde nuestra propia verdad puede aparecer ante Dios. Otro lugar es la oración personal, donde presento ante Dios, con palabras o sencillamente en silencio, lo que se mueve en mi interior. Un buen ejercicio consiste en decir a Dios durante media hora en voz alta lo que me conmueve en lo más íntimo de mi ser. Cuando escucho mi propia voz, trato de decir las cosas con toda sinceridad. No puedo usar una retórica vacía. Tengo que decir a Dios lo que realmente me afecta. El hablar en voz alta ante Dios me conduce a mi propia verdad. O bien me siento sencillamente ante Dios, fijo mi mirada en él y ante sus ojos benévolos dejo que salga a la luz todo aquello que está oculto en los abismos de mi alma. Entonces la oración no es sólo un encuentro con Dios sino también con mi propia verdad. Y este encuentro sincero con uno mismo pertenece también al encuentro auténtico con Dios.

 

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Anselm Grün

Una mujer me escribió estas palabras: «Cuando yo era niña y mi padre tenía un ataque de ira, solía refugiarme en un lugar donde nadie pudiera encontrarme. Primero en nuestro gran jardín, donde me ocultaba entre los abetos. Después empecé a hacerme una cabañita con mantas o con maleza, una casita en el desván o en el sótano, y me ocultaba allí. Lo que más me gustaba era refugiarme en el coro del órgano de nuestra iglesia parroquial. Pensaba que allí nadie me buscaría. La iglesia era para mí un espacio de protección y seguridad. Por eso me resulta comprensible el hecho de que todavía hoy, ya adulta, me guste meditar, envuelta en una manta, para buscar el “espacio interior”, el lugar al que nadie tiene acceso, el espacio donde nadie puede encontrarme, donde soy invulnerable y sólo Cristo puede entrar. En esta forma de meditación es donde me siento más en casa y gracias a ella experimento nueva alegría y seguridad».

 

 

El problema del Señor X (C.S. Lewis- 1948)


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No creo que sea exagerado suponer que siete de cada diez que lean estas líneas tendrán algún tipo de dificultad con algún otro ser humano. Las personas que nos emplean o las que son empleados nuestros, las que comparten nuestra casa o aquellas con las que compartimos la suya, nuestros parientes políticos o nuestros padres o nuestros hijos, nuestra esposa o nuestro marido nos están haciendo la vida, en el trabajo o en el hogar, más difícil de lo que sería necesario en estos días. Es de esperar que no mencionemos a menudo las dificultades (especialmente las domésticas) a los extraños. Pero a veces lo hacemos. Un amigo lejano nos pregunta por qué estamos tan malhumorados y la respuesta salta a la vista.

En ocasiones así, el amigo lejano suele decir: «¿Por qué no habla con ellos? ¿Por qué no se reúne con su esposa (o con su marido, o con su padre, o con su hija, o con su jefe, o con su patrona o con su huésped) y lo resuelven hablando? La gente suele ser razonable. Todo lo que debe hacer es conseguir que vean las cosas a la verdadera luz. Explíqueselo de forma tranquila, razonable y pacífica». Pero nosotros, veamos lo que veamos exteriormente, pensamos con tristeza: «No conoce a X». Nosotros sí, y sabemos lo imposible que resulta hacerle entrar en razón. En ocasiones se intenta una y otra vez hasta quedar hartos de tanto intento, en otras no se intenta nunca porque se sabe de antemano que será inútil. Sabemos que si tratamos de «resolverlo hablando con X» se producirá un escándalo o «X» clavará la vista en nosotros desconcertado y dirá: «no sé de qué estás hablando». O bien (lo cual es quizás lo peor de todo) «X» se mostrará completamente de acuerdo con nosotros y prometerá reformarse y hacer las cosas de otro modo para, veinticuatro horas más tarde, ser exactamente el «X» de siempre.

Nosotros sabemos, en efecto, que cualquier intento de hablar de algo con «X» naufragará en el viejo y fatal defecto del carácter de «X». Cuando miramos hacia atrás vemos cómo han naufragado en ese defecto fatal los planes que hayamos podido hacer, en la incorregible envidia o pereza o susceptibilidad o estupidez o autoritarismo o mal humor o veleidad de «X». Hasta cierta edad mantuvimos tal vez la ilusión de que algún golpe de buena suerte -una mejoría del estado de salud, un aumento de salario, el fin de la guerra- resolviera las dificultades. Pero ahora lo sabemos mejor. La guerra ha terminado y llegamos a la conclusión de que, aunque hubiera ocurrido todo lo demás, «X» seguiría siendo «X» y nosotros tendríamos que seguir enfrentándonos con el mismo problema de siempre. Incluso si nos hiciéramos millonarios, nuestro marido seguiría siendo un matón, o nuestra esposa seguiría importunando o nuestro hijo seguiría bebiendo o tendríamos que seguir viviendo con nuestra suegra en casa.

Entender que es así significa un gran paso adelante. Me refiero a arrostrar el hecho de que, aun cuando todas las cosas exteriores marcharan bien, la verdadera felicidad se guiría dependiendo del carácter de las personas con las que tenemos que vivir, algo que nosotros no podemos cambiar. Y ahora viene lo importante. Cuando vemos estas cosas por primera vez, tenemos un destello de que algo semejante le debe ocurrir a Dios. A esto es, en cierto modo, a lo que Dios mismo ha de enfrentarse. Él ha provisto un mundo rico y hermoso en el que poder vivir. Nos ha dado inteligencia para saber cómo se puede usar y conciencia para comprender qué uso se debe hacer de él. Ha dispuesto que las cosas necesarias para la vida biológica (alimento, bebida, descanso, sueño, ejercicio) nos resulten positivamente deliciosas. Pero después de haber hecho todo esto, ve malogrados sus planes -como nosotros vemos malogrados nuestros pequeños planes- por la maldad de las propias criaturas. Convertimos las cosas que nos ha dado para ser felices en motivos de disputa y envidia, de desmanes, acumulación y payasadas.

Podemos decir que para Dios todo es diferente, pues Él podría, si quisiera, cambiar el carácter de las personas, cosa que nosotros no somos capaces de hacer. Pero esta diferencia no es tan decisiva como podemos pensar al principio. Dios se ha dado a sí mismo la regla de no cambiar por la fuerza el carácter de las personas. Dios puede y quiere cambiar a las personas, pero sólo si las personas quieren que lo haga. En este sentido, Dios ha limitado real y verdaderamente Su poder. A veces nos preguntamos admirados por qué lo ha hecho así, e incluso deseamos que no lo hubiera hecho. Pero, según parece, Él pensaba que merecía la pena. Prefiere un mundo de seres libres, con sus riesgos, que un mundo de personas que obraran rectamente como máquinas por no poder hacer otra cosa. Cuanto mejor nos imaginemos cómo sería un mundo de perfectos seres automáticos, tanto mejor, creo yo, entenderemos su sabiduría.

He dicho que cuando vemos cómo naufragan nuestros planes en el carácter de las personas con que tenemos que tratar vemos «de algún modo» cómo deben ser las cosas para Dios. Pero sólo de algún modo. Hay dos aspectos en que el punto de vista de Dios debe ser muy diferente del nuestro. En primer lugar, Dios ve, como nosotros, que la gente en nuestra casa o nuestro trabajo es peliaguda o difícil en diverso grado, pero cuando examina este hogar, esta fábrica o esta oficina, ve más de una persona de esa condición, y ve a una que nosotros nunca vemos. Me refiero, por supuesto, a cada uno de nosotros mismos. Entender que nosotros somos también ese tipo de persona es el siguiente gran paso hacia la sabiduría. También nosotros tenemos un defecto fatal en el carácter. Las esperanzas y planes de los demás han naufragado una vez tras otra en nuestro carácter, como nuestros planes y esperanzas han naufragado en el de los demás.

No es conveniente pasar por alto este hecho con una confesión vaga y general como «por supuesto, yo también tengo defectos». Es importante entender que tenemos un defecto fatal, algo que produce en los demás el mismo sentimiento de desesperación que las imperfecciones de los demás producen en nosotros. Casi con toda seguridad es algo de lo que no tenemos noticia, como eso que la publicidad llama «halitosis», enfermedad que nota todo el mundo menos el que la padece. Pero ¿por qué -nos preguntamos- no me lo dicen los demás? Creedme: han intentado decírnoslo una vez tras otra pero nosotros apenas podríamos tolerarlo. Buena parte de lo que llamamos «insistencia» o «mal genio» o «rareza» de los demás tal vez no sean sino intentos por su parte de hacernos ver la verdad. Ni siquiera los defectos que vemos en nosotros los vemos completamente. Decimos «reconozco que anoche perdí la paciencia», pero los demás saben que la perdemos siempre, que somos unas personas de mal genio. Decimos «reconozco que el sábado pasado bebí demasiado», pero todo el mundo sabe que estamos borrachos siempre.

Esa es una de las formas en que el punto de vista de Dios debe distinguirse del mío. Dios ve todos los caracteres; yo, todos menos el mío. La segunda diferencia es la que sigue. Dios ama a las personas a pesar de sus imperfecciones. Dios continúa amando. Dios no deja de amar. No digamos, «para Él es muy fácil, Él no tiene que vivir con ellos». Tiene. Dios está dentro y fuera de ellos. Dios está más íntima y estrecha y continuamente unido a ellos de lo que nosotros podamos estar jamás. Cualquier pensamiento vil de su mente (y de la nuestra), cualquier momento de rencor, envidia, arrogancia, avaricia. y presunción se alza directamente contra Su paciencia y amor anhelante, y aflige Su espíritu más de lo que aflige el nuestro.

Cuanto más imitemos a Dios en ambos aspectos, tanto más progresos haremos. Debemos amar a «X» más y tenemos que vernos a nosotros como una persona exactamente del mismo tipo que él. Hay quien dice que es morboso estar pensando siempre en los defectos propios. Eso estaría muy bien si la mayoría de nosotros pudiera dejar de pensar en los suyos sin empezar a pensar enseguida en los de los demás. Pero desgraciadamente disfrutamos pensando en las faltas de los otros. Ese es el placer más morboso del mundo en el sentido exacto de la palabra «morboso».

Nos disgustan los razonamientos que se nos imponen. Sugiero un razonamiento que debemos imponernos a nosotros mismos: abstenerse de pensar en las faltas de la gente a menos que lo requieran nuestros deberes como maestro o como padre. ¿Por qué no echar a empujones de nuestra mente los pensamientos que entren innecesariamente en ella? ¿Por qué no pensar en los propios defectos en vez de pensar en las faltas de los demás? En el segundo caso podremos hacer algo con la ayuda de Dios. Entre todas las personas difíciles de nuestra casa o nuestro trabajo hay una que podemos mejorar mucho. Ese es el fin práctico por el que comenzar. Si lo hiciéramos, progresaríamos. Algún día deberemos emprender la tarea. Cada día que lo aplacemos resultará más difícil empezar.

¿Cuál es, a la postre, la alternativa? Vemos con suficiente claridad que nada, ni siquiera Dios con todo Su poder, puede hacer que «X» sea realmente feliz mientras siga siendo envidioso, egocéntrico y rencoroso. Dentro de nosotros hay, seguramente, alguna cosa que, a menos que la cambiemos, no permitirá al poder de Dios impedir que seamos eternamente miserables. Mientras siga, no habrá cielo para nosotros, como no puede haber aromas fragantes para el resfriado ni música para el sordo. No se trata de que Dios nos «mande» al Infierno. En cada uno de nosotros crece algo que será Infierno en sí mismo a menos que lo cortemos de raíz. El asunto es serio. Pongámonos en Sus manos en seguida, hoy mismo, ahora.

No fue Real


Hace exactamente 14 años, el 28 de Noviembre del año 2000, me levanté temprano, pero no tanto, no en el horario en el que tendría que haberme levantado si hubiese tenido un poco más de fé. Porque la verdad es que no tenía demasiada fé. Siempre fui consciente de la existencia de lo sobrenatural, pero sinceramente esa mañana no tenía fé.

Sin embargo, prendí la radio y un prolongado grito me anunció el primer milagro. Completamente seguro de que estaba soñando, me fuí a lavar la cara. Mientras me secaba, la nítidez del recuerdo seguía intacta, por lo que me volví a lavar y secar con agua helada, tres veces en total, procurando que el recuerdo se borre, hasta que finalmente me resigné y volví a la radio, y me pareció que ella me estaba esperando, porque en el preciso instante en el que me le acerqué, me recibió con otro grito, casi idéntico al anterior, al punto de que llegué a pensar en que era un déjà vu. 

No era Real…

Desperté a mi viejo y le pregunté si su radio anunciaba lo mismo, no vaya a ser cosa que a la mía se le haya dado por mentir…

Paradójicamente, la confirmación de la realidad me hizo sentir todo cada vez menos Real.

Fuí hasta el colegio, ya creyendo un poco mas. Cuando pasó el tiempo que tenía que pasar, y la radio siguió con lo mismo, ratificado luego por la televisión y un montón de medios más, me convencí. El milagro había ocurrido.

El Club Atlético Boca Juniors se había consagrado campeón del Mundo, luego de vencer al equipo del momento. Tres minutos luego de que el partido comenzara, Boca Juniors había elaborado una jugada por la izquierda con la precisión de un reloj suizo, y nuestro goleador Martín Palermo solo había tenido que empujar el balón, habiéndose ubicado antes en el lugar indicado en el momento justo, sorprendiendo a la defensa Real, a los 10 mil hinchas xeneizes que estaban presentes en el Estadio Nacional de Tokyo, y a todo el mundo que en ese momento creyó que había sido un golpe de suerte lo que permitió que eso ocurra. Y tal vez fue así, tal vez lo que sucedió fue que el destino se emberretinó, y así como permitió eso, tres minutos mas tarde permitió que Juan Román Riquelme, con sus ojos de lince, divisara a ese loco rubio, y que este último se empecinara y, sin haber podido saciar su sed goleadora con el tanto anterior, se ubique nuevamente en el lugar exacto para recibir el balón y correr hacia el arco rival con la emoción de un chico que corre a tirarse al agua su primer día de pileta, para dejar atras a Geremi y ubicar el esférico en el lugar mas recóndito del arco, convirtiendo a la estirada de Iker Casillas en algo totalmente inútil.

descargaDemasiado bueno para ser Real.

Nadie sabe que ocurrió, nadie sabe que es lo que hizo que el casi debutante Matellán neutralice totalmente a Luis Figo, ni como fue que Riquelme, con sus 22 añitos, sea lo suficientemente atrevido para faltarles el respeto a tipos como Geremi, Makélélé, Hierro, Karanka y Roberto Carlos. Nunca vamos a saber cuantos factores influyeron en que el partido sea perfecto, que el equipo sudamericano haya dominado cada milímetro cuadrado del campo de juego y que el equipo español se resigne a aceptarlo.

Lo cierto es que todo eso ocurrió. Boca afirmó ser el mejor del mundo y nadie se animó a contradecirlo.

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Hasta el momento en el fútbol argentino había otros equipos que discutían la supremacía de Boca Juniors, hasta que muchos se dieron cuenta de que, llegado un punto, ciertos argumentos son insostenibles. El club de la Ribera ganó mucho, demasiado como para ser comparado con otra institución nacional…

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Luego esto fue reafirmado por una infinidad de logros, al punto de que el Club Atlético Boca Juniors es considerado por la International Federation of Football History & Statistics (IFFHS) como el mejor club de Sudamérica.

Todo esto no hace mas que revalidar su grandeza, plasmada en la realidad de que es el único club argentino que ganó al menos un título por década, sumando en total 51 títulos, entre los cuales 18 son internacionales, mas que cualquier otro club americano.

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Hoy quiero rememorar tan solo un capítulo de esa gloriosa historia

Hoy, 14 años después, puedo decir que, definitivamente, ese día no fue Real

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Oh L’amour


Luego de mas de un año sin publicaciones, y nuevamente influenciado por Thomas Merton, les comparto lo siguientes puntos:

1-La felicidad que se busca para uno mismo no puede ser encontrada nunca, porque una felicidad que se amengua al ser compartida, no es suficientemente grande como para hacer feliz. Existe una felicidad falsa y momentánea en la autosatisfacción (comprarme algo, ver una película, leer, comer, lograr algo); pero ella siempre conduce al dolor, porque se encoge y mata el espíritu. Cuando se acaba produce tristeza. La verdadera felicidad se encuentra en el amor desinteresado, en el amor que aumenta a medida que es compartido. No hay límite para la posibilidad de compartir el amor, y, por consiguiente, la felicidad potencial de semejante amor es ilimitada (ya que podemos amar infinitamente, podemos ser felices infinitamente). Cuanto más amamos mas felices vamos a ser. Cuanto más compartamos mas felices vamos a ser.

2-Pero el amor debe ser dado, no debe ser dejado libremente, es necesario que nos lo tomen. El amor que no es egoísta y se le da a una persona egoísta no trae felicidad: no porque  el amor requiera devolución o recompensa, sino porque se basa en la felicidad del amado,      y si el amado recibe egoístamente el amor, el que ama no queda satisfecho al ver que su amor ha fracasado en hacer feliz al amado. Si yo amo a alguien y al otro no le interesa, es indiferente, no recibe el amor, no estoy amando completamente. Porque el amor es dar y que el otro reciba. Por eso el amor se basa en la felicidad del otro. No debemos amar porque nos haga bien a nosotros, debemos buscar la felicidad del que amamos. Para el que ama solo existe un bien: el del amado, ya que viéndolo bien al otro está bien uno. Pero esto no significa que debemos amar para poder sentirnos bien viendo bien al otro, el fin de amar es simplemente hacerle bien al otro.

3- El amor se debe basar en la verdad. El que ama debe buscar lo que es verdaderamente bueno para el otro. Por eso amar es dar. A veces amar no nos conviene, no nos conviene dar algo. No es bueno amar por el simple hecho de ejercitar el amor, sino que se debe buscar siempre la ventaja del ser amado. Amar así es amarse a uno mismo y no amar al otro, sin tener en cuenta si ese amor va a tener un efecto bueno o malo. Debemos tener cuidado con buscar recibir en vez de dar. Amar produce satisfacción, pero debemos tener cuidado con amar para buscar esa satisfacción.

Amamos dando nuestro tiempo, pero tenemos que saber darlo, tenemos que tratar de que sea verdaderamente provechoso. Dar tiempo para acompañar a alguien hasta un lugar donde prefiere no ir solo. Dar tiempo para quedarse todo el día al lado de una persona enferma. Dar tiempo para escuchar a alguien que necesita expresarse… No es simplemente pasar tiempo con alguien, ir a tomar mates, ir al cine, jugar al futbol. Es darle al otro lo que está necesitando. Nuevamente lo digo: buscar el bien del amado.

Lo mas valioso que tenemos es el tiempo. Es necesario que tengamos claro como deseamos administrarlo. En primer lugar debemos saber cuanto tiempo vamos a invertir en nosotros y cuanto en los demás. Para esto es necesario hacer un buen análisis. Es un tema ya muy profundo, se necesita mucha sinceridad para determinar eso. Y una vez que decido cuanto tiempo pienso dedicar a los demás, tengo que pensar como hacerlo. Seguramente si hacemos una lista con personas a las que les vendría bien que le dedicaramos un tiempo anotaríamos muchos nombres.

Y este es un lindo ejercicio, ver a quien podemos hacerle bien.

Aprendimos que es mejor dar que recibir…

Amemos pues! Busquemos la felicidad del otro, y por consiguiente la nuestra!

Un poquito de Nouwen


Una de las cosas que me motivó a darle vida  a este espacio es la posibilidad de compartir cosas interesantes que dijeron personas interesantes.

Una persona que me interesa mucho es Henri Nouwen, un sacerdote holandés que escribió muchas cosa sobre temas espirituales.

Sin más preámbulos, comparto algo de él. Es la primera de muchas cosas de Nouwen que tengo pensado compartir:

Texto tomado del libro "La voz interior del amor"
Protege tus emociones
Puede ser desalentador descubrir lo rapidamente que pierdes tu espacio interior. Alguien que ingresa en tu vida puede crear de repente desasosiego y ansiedad en ti. A veces, esta sensacion ya esta alli antes de
que la descubras plenamente. Pensabas que eras centrado; pensabas que podias confiar en ti; pensabas que podias estar con Dios. Pero, entonces, alguien que ni siquiera conoces intimamente te hace sentir inseguro. Te preguntas si te aman o no, y el extrano se convierte en la norma. Asi, empiezas a sentirte
desilusionado por tu propia reaccion.

No te flageles por tu falta de progreso espiritual. Si lo haces, facilmente te alejaras mas y mas de tu centro. Te danaras y haras mas dificil el retorno. Evidentemente, es bueno no actuar a partir de emociones repentinas. Pero tampoco tienes que reprimirlas. Puedes reconocerlas y dejarlas pasar. En un cierto sentido, debes protegerlas para que no te transformen en su victima.
 
El camino hacia la “victoria” no pasa por superar tus emociones desalentadoras en forma directa, sino por la Construccion de un sentido mas profundo de seguridad y comodidad y un conocimiento mas
encarnado de que se te ama profundamente. Entonces, poco a poco, dejaras de darles tanto poder a los extranos.

No te desalientes. Asegurate de que Dios satisfara plenamente todas tus necesidades. Sigue recordando eso. Te ayudara no esperar la satisfaccion de las personas que ya sabes incapaces de dartela.


Aniversario- La Cajita Feliz


 

Hoy es 24 de Marzo y acá en Argentina se recuerda algo malo que empezó a pasar hace 34 años. Es una conmemoración rara y no quiero hablar de ella.

Hoy quiero referirme a otro hecho que también sucedió un 24 de Marzo.
Corría el año 2008 y fuí junto a mi viejo y mi abuelo a ver un partido de mi equipo: Club El Porvenir. Ese año andábamos bastante bien. Se podría decir que estabamos peleando por salir de una vez por todas de la categoría C.
El equipo no era tan malo, teníamos un par de matungos, un buen central llamado Cacho Cordoba, Lionel Martens (un volante querido por muchos y rechazado por otros tantos), y tambien lo teníamos a él.
 
Él era El Bocha. Pablo Daniel Cameroni. Ya estaba viejito, habían pasado 17 años desde su debut en la Primera de Platense, y había pasado por una cantidad inmensa de clubes, como Banfield, Los Andes, San Miguel, Colegiales y Santamarina de Tandil. Y el 2008 lo encontró al Bocha viejo, pelado, gordo, petiso y experimentado. Lo voy a decir mejor: estaba muy viejo, muy gordo muy pelado, muy petiso y super experimentado. Mas habiloso que nunca. Pero no le pidas que corra.
El Bocha jugaba parado. No hay nadie que pueda negar que el Bocha fue, es y será el Bochini del Ascenso.
 
El Bocha como DT
A esta altura de su vida apenas corría, pero jugaba de 10 y todos se la daban a él. Y cuando le dan la pelota a un tipo como Cameroni se detiene el mundo y a vos no te importa nada. No importa si dejaste la leche en el fuego, la ropa en la soga o los nenes esperandote a la salida del colegio. Porque haciéndose valer, Pablo Daniel Cameroni a cada pelota que tocaba le impregnaba su sutil magia, su habilidad intacta, nadie le pegaba como él. Era lo mas parecido que teníamos a nuestro recientemente fallecido Garrafa Sanchez.
 
Y ese 24 de Marzo de 2008, como tantas otras veces, fuí a verlo a él. Era lunes, y feriado igual que hoy. El partido era contra Argentino de Merlo. No era un gran rival, pero tampoco era tan malo como nosotros. Ellos rapidamente se pusieron un gol arriba con gol de un pelilargo llamado Peralta. Y el primer tiempo pasó sin pena ni gloria. El Bocha, como siempre nos deleitó con sus sorpresivos tacos y sus precisos pases.
Y transcurrían aproximadamente 15 minutos del segundo tiempo cuando ocurrió. Falta al borde del área rival. Linda oportunidad para empatar. El Bocha agarró la bocha y nadie le dijo nada. Cuando digo «nadie» me refiero a sus compañeros, porque mientras se acomodaba, se perfilaba y el rival armaba la barrera, alguien le dijo «algo«. Fué alguien de nuestra popular. Nunca supe quien fué pero no me voy a olvidar nunca de sus palabras:
La hinchada del Porve
«Dale gordo! Dale que si lo metés te compro una Cajita Feliz»
Lo que  siguió después es medio confuso, se me mezcla todo: las risas por la ocurrrencia, las miradas con mi viejo, la pelota inflando la red justito al lado del ángulo superior derecho del arco, el grito sagrado y Pablo Daniel Cameroni corriendo hacia nosotros.
Nunca voy a saber si Cameroni escuchó lo que le dijo el otro, por lo tanto tampoco podré saber jamás si el hecho de que haya venido corriendo hacia la tribuna local haya sido motivado por la euforia del golazo recientemente convertido, si fue una dedicatoria llena de bronca, o si simplemente se acercó para reclamar lo que le habían prometido. Pero vino, gritó el gol, lo gritamos y fuimos felices por algunos minutos. Y fueron pocos porque teníamos un lateral derecho llamado Fonseca que fue lo peor que nos pasó en la vida. Por dos errores de él (incluyendo un intento de pase de rabona siendo el último hombre) perdimos 3-1.  A partir de ahí nos costó volver a ganar y la hinchada se dedicó principalmente a insultar a Fonseca.
Pero yo me quedo con esa imagen del gordo corriendo hacia nosotros con la boca llena de gol. Que linda sensación! Y que dificil de explicar! Fue un momento hermoso. A partir de ese día al tipo le tengo un cariño especial. Hoy es el director técnico del equipo y puedo llegar a decir que es el mejor de los últimos 5 que tuvimos.
Pablo Daniel Cameroni…
Gracias Pablo Daniel Cameroni!

Persiguiendo a Thomas


Thomas Merton en la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní
Thomas Merton en la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní

Un día, hace mucho, casi casi cinco años, estaba leyendo un libro de esos que me gustan tanto solo por el hecho de la cantidad de citas que tienen, y las referencias a otros autores. Como buen amante de la información, me dispuse a hacer algo apasionante que académicamente se denomina “perseguir citas”. Es algo muy útil e interesante a la hora de investigar, y consiste en, al leer un artículo y encontrar una cita de otro artículo, libro o autor diferente al que estamos leyendo, seguir la referencia para así llegar a aquél que influyó en el pensamiento de quien lo está escribiendo.  Esto es muy útil en investigaciones científicas, donde abundan los datos y es muy bueno poder así relacionar varios autores que dicen cosas parecidas o investigan el mismo tema.

Esto es muy usado, incluso dentro del mundo bibliográfico existen obras que colaboran con esto. Se trata de publicaciones donde uno puede buscar a un autor,  y ver a quien citó en sus artículos, que artículos citó y poder llegar a ellos. Y también estas obras hacen exactamente lo contrario: al buscar al autor podemos ver quienes lo citaron en otros artículos o libros.

No quiero aburrir a nadie hablando de cuestiones que tal vez no sean de interés para todos, pero quería explicar lo que amo hacer: perseguir citas.

Obviamente también amo leer, y amo también el proceso de aprender, informarme, investigar, acumular opiniones, examinarlas, y retener las que me parecen interesantes para luego formar mi propia opinión.

Y perseguir citas es muy interesante para esto. También puede ser peligroso: hay que encontrar un límite, ya que es un proceso que puede resultar eterno…

Volviendo a lo  que mas me interesa compartir, un día estaba leyendo un libro lleno de citas. Es un libro que “escribieron” los integrantes de una banda llamada Newsboys. Un libro lleno de cosas lindas que no se les ocurrieron a ellos. Pero ellos tuvieron la nobilísima actitud de indicar quien dijo cada una de las cosas que están repitiendo.

Ese libro, llamado “Shine (make’em wonder whatcha got)”, es de esos que antes de cada capítulo tiene una pequeña frase de alguien reconocido (o no tan reconocido).

Y en una de esas “intros”, recuerdo que en la página 86, está escrito lo siguiente:

“Existe una sola forma de felicidad: agradar a Dios”

Thomas Merton

Cuando la leí me sorprendió muchísimo. Me encantaría poder transmitir adecuadamente lo que sentí y pensé. Era como que estaba de acuerdo, sabía que tenía razón, pero  no me cerraba, no lo entendía, no sentía que fuera así. Pero repito: sabía que el tal Merton no se equivocaba, y me dejó pensando.

Pasaron los meses, muchos meses, mas de veinte, y yo no había olvidado la frase ni el nombre del que la dijo. Y un día estaba haciendo tiempo antes de una clase en la Facultad de Filosofía y Letras, y me puse a mirar los libros que vendía un tipo que no sé si sigue ahí, pero sé que es de la religión Hare Krishna y desde que se enteró que soy cristiano me llama “hermano”. No voy a hacer ningún comentario sobre esto último.

La cuestión es que estaba yo curioseando cuando lo ví: en el medio de los libros de “Religión” leí el nombre de Thomas Merton. Me acerqué como abeja al panal, ví el título del libro (“Los hombres no son islas”) y sin pensarlo dos veces pagué el módico precio que el señor Krishna le había asignado al libro y me lo llevé.

Lo que siguió puede ser muy largo pero prefiero resumirlo para poder llegar a donde quiero llegar: me gustó el libro, me gustó Merton, compré (y fotocopié) mas libros de él, aprendí cosas sobre su vida y un día leí en un libro llamado «Semillas de Contemplación» algo que llevó a pensar lo que escribo mas abajo y los invito a leer.

Merton dice en ese libro algo muy parecido a lo que sigue. Lo primero que van a leer es puramente una paráfrasis “mertoniana”,  pero luego su pensamiento y el mío se van amalgamando y a medida que avanzamos por la lectura el pensamiento es uno solo, hablo yo pero en ningun momento dejo de regresar a Merton. Sin más preámbulos los invito a leer:


Un árbol dá gloria a Dios, ante todo, siendo un árbol. Porque al ser lo que Dios quiere que sea, está imitando una idea que está en Dios y que no es distinta a la esencia de Dios, y por lo tanto un árbol imita a Dios siendo un árbol

Cuanto más un árbol es como un árbol, tanto más es como Dios. Si intentara ser como otra cosa, algo que nunca estuvo destinado a ser, sería menos como Dios y por ende, le daría menos gloria a Él.

Si todas las cosas fueran intentos de reproducir un patrón ideal, una sola cosa que fuera perfecta, serían todas imperfectas al no poder imitarla, no cumplirían su propósito, no le darían gloria a Dios ni proclamarían que Él es  un Creador perfecto.

Por eso toda la creación dá gloria a Dios en su naturaleza, siendo como es, con sus características, con su propia identidad, siendo lo que Dios en su perfección quiso que sea.

La única creación de Dios que no es naturalmente perfecta, y así naturalmente santa, somos nosotros. Para nosotros, ser humanos no nos alcanza para ser santos. Santidad es más que humanidad.

Santidad es llegar a ser yo mismo. Un árbol no tiene ningún tipo de problema con esto. Un animal tampoco. Dios los hace como son sin preguntarles y ellos están satisfechos. Esto no hace falta que lo diga ningún experto ni alguien que conoce a Dios. Lo puede decir cualquiera. Es como el cuento del Patito Feo que recopiló Andersen de la tradición oral. El patito feo no se sentía bien entre los patos porque, si bien no sabía que especie era, no se sentía identificado con ellos. Y cuando se dio cuenta de que era en realidad un cisne, fue feliz, porque por fin encontró su identidad, pudo ser plenamente lo que era, lo que Dios quiso que sea cuando lo creó. Identidad es ser lo que Dios quiere que seamos. Los animales se satisfacen en eso, les gusta ser lo que son, pero a nosotros Dios nos dio cierta libertad, y ahí esta el problema. Porque uno continuamente busca ser uno mismo, ser aquello para lo que nació. Buscamos esto de diversas maneras y en muchos lugares pero ese secreto solo lo conoce Dios. Es nuestro Creador y solo Él sabe cual es nuestra identidad, nuestro propósito, nuestra misión, nuestro sentido, lo que quiere que seamos.

Cuando descubramos esto, vamos a ser felices, como el Patito Feo cuando se dio cuenta de que era un cisne en realidad.

Entonces, si solo Él lo sabe, si solo está en Él, solo en Él lo podremos encontrar. Y Él está continuamente  dándonos indicios, mostrándonos cosas. Necesitamos escucharlo, leerlo a Dios.

Con respecto a escucharlo, mi amado amigo Gabriel Cuomo una vez me dijo: “Dios habla en voz baja”. Para escuchar a alguien que habla en voz baja es necesario que hagamos silencio, y que dejemos de hablar. Solo ahí podremos escucharlo. En el silencio.

Y para leerlo necesitamos dedicarle tiempo, no leerlo en el colectivo, apartar tiempo y dedicarlo a leer a Dios. Es lo que los monjes llamaban “lectio divina”, leer a Dios.

Y cuando Dios nos diga algo, cuando nos muestre algo, cuando algo nos sea revelado, no debemos rechazarlo. ¡Cuantas veces lo rechazamos, o le restamos importancia! Es algo que hacemos casi continuamente. Y al rechazar esto, lo que hacemos es rechazar nuestra identidad, no llegar nunca a alcanzar esa plenitud a la que Dios quiere llevarnos. No ser nunca lo que debemos ser. Vivir todo el tiempo contradiciendonos, siendo algo y a la vez no siendo nada. Tener vida y no vivirla. Estar muerto y seguir existiendo. Ser alguien  sin saber quien somos…

Una identidad te dá sentido. Sabiendo quien sos y para qué fuiste creado, vas a saber lo que tenés que ser y que tenés que hacer. Y todos somos diferentes y tenemos identidades diferentes. Mi perfección es diferente a la tuya. Y eso es bueno. Es bueno que seamos distintos, que sepamos cada uno para qué fue creado, para que sirve, y justamente así servirnos. Para saber en que podemos servir necesitamos saber quien somos, como somos, y eso nos lo muestra Dios, nadie mas puede hacerlo. Debemos buscar a Dios y aprender de Él, tenemos el gran ejemplo de Jesús, es nuestro modelo. Si estudiamos su vida vamos a ver que Él hizo muchas cosas. Pudo haberse dedicado plenamente a ser el mejor  político, maestro o sanador, pero Su Propósito fue uno bien definido: salvar mi alma, tu alma y el alma de todos. “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Siempre supo esto, siempre tuvo claro su propósito. Desde la carpintería tenía la misión clara y estaba tan concentrado en ella que sus últimas palabras fueron “Consumado es, todo está cumplido” (Juan 19:30).

Para saber quienes somos es necesario que busquemos en Dios. En otro lado no estamos. No estoy en mí mismo, no me conozco tan bien como Aquel que me creó. No me voy a encontrar racionalmente, pensando mucho. También puedo leer muchas cosas, pero no me voy a encontrar ahí, no voy a descubrir quien soy. Conociendo a Dios me conozco a mí mismo.

Busquemos a Dios. Dispongámonos a encontrarlo. La felicidad es ser lo que Dios quiere y necesita que seamos. Eso es agradar a Dios. Andar en Sus Buenas Obras, para las cuales nos creó (Efesios 2:10)

Quiero finalizar con la primer frase que leí de Merton (finalmente la entendí)

Hay una sola forma de felicidad: agradar a Dios

Restart


Hace casi un año creé este espacio y nunca le dí el uso que pensé darle. De hecho no se lo compartí a absolutamente nadie.

Pero quiero volver, quiero empezar de nuevo.

Me ví tentado a borrar las dos entradas de prueba, pero las dejé, me dió pena borrarlas.

Bueno, reinaugurando de este modo este espacio, empiezo a compartir…

Eu Só Penso Em Você / Yo Solo Pienso En Vos


Eu so penso em você

Como o vento vem soprar,
Assim quero encontrar-me com Você,
Luzes, cores, quero ver
A beleza que emana de Você…

Já lavei as minhas mãos,
Troquei mágoas por perdão,
Vivo outra vez!
E agora eu posso amar,
Minha vida eu quero dar
Só pra Te ter…

A Tua canção
Invade o meu coração
E eu só penso em Você (penso em Você)
A Sua presença,
Dispersa a minha indiferença
E eu só penso em Você (penso em Você)

Eu só penso em Você
Eu só penso em Você


Yo solo pienso en vos

Como el viento viene a soplar
Así quiero encontrarme con vos
Luces, colores, quiero ver
La  belleza que emana de vos

Ya lavé mis manos
Cambié penas por perdón
Vivo otra vez

Y ahora yo puedo amar
Mi vida yo quiero dar
Solo para tenerte

Tu canción
Invade mi corazón
Y yo solo pienso en vos
Tu presencia
Dispersa mi indiferencia
Y solo pienso en vos

Yo solo pienso en vos
Yo solo pienso en vos